lunes, 22 de agosto de 2011


Placer, tristeza, miedo, deseo, ansiedad, alegría, calma, vergüenza. Hay muchas emociones que se pueden sentir en una misma, y esa es el amor. El amor no solo nos hace sentirnos queridos, nos hace sentir multitud de emociones más, tantas y tantas que ni siquiera nosotros mismo al vivirlas podemos definirlas, por eso dicen del amor que es la emoción humana más intensa, la que nos cautiva. Pero, ¿porque es tan y tan importante para nosotros ese sentimiento? Parece una respuesta sencilla pero no lo es, cada persona busca su propia respuesta y yo te daré la mía. No soy una especialista en el mundo de amar, no he conocido a muchas personas en mi vida a las que llegue a querer tanto, pero sé, que querer a alguien en una sensación maravillosa, tener a alguien a tu lado para lo bueno y lo malo, para confiar en él y que él confíe en ti, para llorar, reír, compartir, disfrutar a su lado. Para eso y mucho más, es la unión de la felicidad, la confianza y el deseo, las ganas de amar, de querer y de sentir alguien cerca, por que todos necesitamos que nos den amor. El amor, a veces, pienso que es como un barco, que al principio es pequeño, y cada vez va creciendo más, que navega a veces por aguas tranquilas y otras por aguas tormentosas y que se tiene que cuidar, para que en una de esas tormentas, el barco no se hunda.
Pensar y escribir sobre el amor es bonito, y te da fuerza, sentirlo te llena de vida y vivirlo te hace completamente la persona más feliz del mundo. El amor puede volverte loco, hacer que hagas locuras o incluso cosas estúpidas. Pero el amor es algo que no se va tan fácil, porque cada uno de nosotros sabe que, aunque pueda dejar de amar a una persona, esa persona siempre, de una forma u otra, estará en su corazón. Porque el amor nos marca, nos clava en el corazón un nombre, un nombre que con el paso del tiempo puede hacerse aún más grande y ocupar más tu corazón, o encogerse hasta casi no verlo, pero allí estará ese nombre, porque en su día se ganó ese puesto. Yo siento un nombre palpitante en mi corazón, solo uno, pues no es fácil clavarse en el corazón de alguien así como así. Pero, ¿A que no sabes qué? Estoy completamente segura, de que el nombre que tengo gravado en mi corazón, y que ocupa gran parte de él, es el tuyo. Tú. Dario.
Definitivamente creo que no hay nada, unas normas, que digan que es el amor, pero porque parece ser que todos, sin quererlo, las sabemos. Todos sabemos cuando nos hemos enamorado, todos sabemos cuando es correspondido y cuando no, todos hemos sentido alguna vez la vergüenza, esas mariposas en el estómago cuando has visto a esa persona que te gusta, y tu la miras, y él te mira y entonces te quedas confuso, te pones nerviosa y piensas: “¿Sentirá algo por mí?” “¿Se fijará en mi?” Hay te empiezas a dar cuenta, de cuando te esta gustando alguien. Pero el amor, es diferente. Cuando estás enamorado, solo piensa: “¿Me echara de menos tanto como yo lo echo a él?” “¿Qué estará haciendo ahora?” “Espero que este bien” “Tengo ganas de verlo, abrazarlo y decirle que le quiero”
Y ante todo, lo único que nunca dejaras de pensar cuando amas a alguien es: “Quiero que seas feliz” por que la felicidad del otro, es tu propia felicidad, y la de él, debe de ser la tuya.

sábado, 20 de agosto de 2011


Me veo corriendo, corriendo sin cesar, para huir de algo que me persigue, que me aterroriza. No se lo que es, simplemente se que está ahí, es oscuro y me quiere hacer mucho daño. Lo peor de todo es que no esta solo, y eso me obliga a correr más y más rápido. Grito hasta quedarme sin voz, grito hasta la saciedad que se alejen de mí, que me dejen tranquila. Pero no lo hacen, y cada vez están más y más cerca. Se abalanzan sobre mí, como si fuera una simple presa, y siento que sus mandíbulas y sus garras me destrozan la piel.

Mi respiración es acelerada al despertar y el sudor empapa mi pequeño cuerpo como si hubiera estado corriendo de verdad. El sueño es demasiado real. Todo es demasiado real aquí dentro. Intento recobrarme del susto, y miro con fijeza las paredes blancas de la habitación; lisas e impolutas como siempre, en cuya superficie se ve proyecta la sombra de las ramas de los árboles, moviéndose escurridizamente. En cierto modo, su peculiar movimiento se me hace bello, hasta que me percato que no tengo ninguna ventana en la habitación, ni ninguna sombra que reflejar en la pared. Un ligero temblor me recorre la espalda, y grandes gotas de sudor me caen por la frente. Las sombras de mis sueños se están tornando reales, y giran a mí alrededor. No tienen forma, no se lo que quieren, solo se que van a por mí, y me enseñan una y otra vez sus largos y afilados dientes blancos. No se que hacer, no me puedo mover, y esta vez no voy a gritar. Rápidamente, me escondo bajos mis sábanas, mis matas y edredones para sentirme a salvo, como si fuera una niña pequeña. Noto sus respiraciones y los oigo, pero ellos no me ven. Bajo las mantas estoy a salvo, aquí no me cogerán. Al menos no de momento.

La luz blanca de la habitación me despierta. Salgo acalorada de mi cómodo y seguro escondite bajo los mantas. Encima de la blanca superficie de una mesita hay un vaso de agua. Me apresuro a beberlo y veo junto a él dos pastillas. Una azul y otra blanca. Sin pensarlo, me las tomo. Ellos dicen que así los monstruos no me comerán. Ellos lo dicen a todas horas. Ellos creen que pueden protegerme. Pero ellos siempre mienten.

Pasan las horas. Una tras otra. Lo se. Lo intuyo. Ni siquiera puedo ver el sol. Solo veo monstruos. Y sombras grises, sin forma, sin color. Solo miro el techo, recostada sobre mi cómoda y confortable cama, mi protectora. Cierro los ojos un segundo, y noto como el sueño me lleva. Pero pronto regreso. Oigo a alguien. Alguien me esta susurrando. Alguien me llama. Cuando abro los ojos y observo mi habitación, veo mi propio reflejo en un espejo de la habitación. Salgo de la cama, lentamente y me aproximo a mi otro yo. Me sonríe. Parece alegre y simpática. ¿Yo soy así? Me acerco más y más, hasta que estoy justo delante. Pero comprendo que ha sido un terrible error, no debía de haberlo hecho. Su sonrisa se desvanece, y mi reflejo cambia de forma. ¡No soy yo! ¡Es una trampa! Los monstruos se hacen más fuertes, más listos, han conseguido sacarme de mi burbuja protectora y ahora me acorralan. Susurran y susurran. Es ininteligible. Siento que la cabeza me va a explotar, siento que no voy a aguantar mucho más. Intento alejarme, retroceder. Uno de ellos me mira, noto sus brillantes y malignos ojos naranjas puestos en mi. Brillan como el fuego, queman como el fuego y son tan peligrosos como el. Me saca una bífida lengua de entre su boca maloliente y profunda, surcada de grades afilados dientes blancos, y levanta una de sus zarpas que me araña con profundidad el brazo. Grito de dolor. Llego hasta mi cama, que parecía tan lejana, y me cobijo bajo las mantas, intentando sentirme segura. La sangre brota de mi herida, pero no me importa. Ellos me han mentido. Otra vez. Otra noche más. Esos bichos no se van, ellos no me quieren ayudar.

Despierto con un chorro de blanca luz brillante. Ilumina toda la estancia y parece verdaderamente acogedora y bonita. Pero se que en ella se esconden los monstruos oscuros y diabólicos que me persiguen día y noche. Me recuesto en la cama. Como cada día. ¿Cuanto más durara esto? ¿Cuánto tardarán en irse de este mundo esos bichos del demonio? Cierro los ojos y los vuelvo a abrir. Paso las manos por mi pelo largo y liso. Ellos decían que lo tenía bonito, que era precioso. Yo lo odio. A veces quiero arrancármelo a trozos. Es como una maldición, lo miro y me recuerda al color del fuego, al color del sol, al color de los ojos de esos monstruos. ¿Tan difícil es conseguir ayuda? Parece ser que nunca tendré a nadie que mate monstruos por mí.